La mamá de Damián

Por Damián Mereles

Mi vieja nació en el 75 en la clínica Texido de Lomas. Ahora esa clínica se llama “La maternal” y mi vieja tiene 40. Siempre pensé que podía haber sido hija de desaparecidos o ella misma desaparecida, pero no. Mi abuelo era un tano que llegó al país de queruza en barco y toda su vida -su corta vida- fue carnicero-feriante y antes carpintero. Mi abuela era portera de escuela y porteña. Y le gustaban los milicos.

***

De pendeja mi vieja deambuló por todos lados, primero fue a parar a un departamento familiar con puerta a pasillo en una casa tipo chorizo en Sitio de Montevideo y Suipacha, Lanús. Ahí vivían todos: mi abuelo, mi abuela, ella y cuatro hermanos.

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Después fue a parar a Bolaños y Luján a los diez años a vivir con mi abuela, el resto de los hermanos se desperdigó por zona sur, mi vieja era la menor de los hijos con Mario, mi abuelo, el carnicero de feria. Era una casa de dos por dos, un sucucho venido a menos donde pasaba sus días. Y yo me quejo de que me anda lento speedy. Punto aparte. Enter. Sigo.

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Conoció a mi viejo en los noventa, a mitad de cuadra de Bolaños 2499. Ella 15. Él 21. Las cosas eran así antes, un desfazaje permitido. La historia cuenta que mi vieja usaba topper blancas y jean apretado y también tenía un flequillo rolinga y buenas tetas. Tomaba birra en un murito y bailaba cumbia. Era tímida y jamás consumió marihuana ni merca. Fumaba Phillips Morris de veinte.

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A los 17 quedó embarazada y después de vivir unos años juntos se vinieron a Florencio Varela, primero a alquilar al barrio Monte Cudini y después a San Rudecindo, a esta casa desde donde escribo. Hoy son dos pisos sin revocar, pero que no se llueve. Por ese entonces era nada: una alfombra sobre la tierra, un cuadrado de material y un techo de chapa de cartón que se panceaba cuando llovía.

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Siempre se me viene a la cabeza esta imagen: mi vieja con una escoba dada vuelta, empujando para arriba la panza de agua en la chapa, para que corriera y no se estanque.

Otra imagen de la que siempre me acuerdo es de mi papá, mi hermana y yo, subidos al trencito de la república de los niños, yo con un paquete de saladix en la mano y con cara de orto. Siempre me pregunté por qué no estaba mi vieja ahí. Ella sacó la foto.

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El día de la madre, hace algunos años mi viejo le regaló un exprimidor de jugo a mamá. Porque a papá le gusta tomar jugo de naranja.

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Recién abracé fuerte a mamá y le pedi que nunca se muera. Se rió. Ahora estamos preparando matambre a la pizza. A mamá le gustan los sanguches de miga y la Coca Cola. Hizo miel dietas, pero nunca baja de peso. Calza 39.

de menoscodigos Publicado en cultura

Educación sexual: para padres y docentes

Por Danilo Castelli

Nuestros hijos tienen sexualidad. Si no aceptamos todas las consecuencias que esto implica y en vez de ser guías queremos ser censores y reguladores, no nos van a tener confianza para contarnos sus experiencias y pedirnos consejos, lo cual los va a poner en las mismas situaciones de peligro que queremos evitar.

La educación sexual no es algo de lo que solo pueda encargarse la escuela. Es nuestro deber como padres encargarnos de ella. Si estás incómodo con la noción de que tus hijos tengan su propia sexualidad y la vivan de manera personalísima de acuerdo a SUS preferencias y SU deseo, entonces les vas a causar sufrimiento e inseguridades.

Nuestros hijos van a aprender sobre sexualidad, eso es inevitable. La cuestión es de qué fuente van a aprender. La cultura de pares, los medios masivos (publicidad, ficción, realities, pornografía) y las religiones siguen estando, lamentablemente, entre las fuentes más importantes para aprender sobre sexualidad, y transmiten mensajes muy dañinos:

  • El consumismo sexual: verse a uno mismo y a los demás como objetos a usar/consumir en vez de como sujetos.
  • La represión en nombre de la moralidad y la “decencia”.
  • La cultura romántica donde el “amor verdadero” significa sufrimiento, sacrificio y anulación de la individualidad.
  • La cultura que propone como arquetipo central de la relación sexual-amorosa a la pareja de un hombre y una mujer (cisgénero y heterosexuales), lo cual margina a toda la diversidad de individuos y de relaciones sexo-afectivas posibles que no entran en esa norma. También tiene un efecto limitante en las prácticas sexuales, creando toda una serie de complejos evitables sobre lo que es “normal” y lo que no.

Los niños y adolescentes necesitan una educación sexual con base científica, que incorpore la diversidad de sexo-género existente, que tenga como eje principal al CONSENTIMIENTO, y que además de integrar la prevención de ETS y la anticoncepción integre una cuestión fundamental de la sexualidad humana: EL PLACER.

Tenemos que lograr que esta educación sexual integral vaya desplazando a los mensajes dañinos, pero principalmente hay que lograr que las mejores fuentes para aprender sobre la sexualidad sean la familia y la escuela. Y esto significa un desafío bastante grande, porque actualmente la escuela y la familia están formadas por adultos que en su gran mayoría no han recibido esta educación sexual integral desde chicos. Así que el primer paso para educar a las nuevas generaciones es educar a los adultos (padres y docentes). Necesitamos desaprender muchos de los mensajes dañinos que nos fueron enseñados, así podremos ser los mejores maestros para nuestros hijos.

Nuestros ancestros

Por Danilo Castelli

[Lo que sigue es ficticio, abajo se explica]

Me considero una buena persona. Trabajo en educación, quiero mucho a mis hijos, trato de aportar a mi comunidad. Estoy a favor de los derechos humanos.

Mi padre era un empleado de comercio. Trabajó para mantenernos a mí y a mis hermanos. Era un poco duro cuando nos portábamos mal, nos castigaba haciéndonos sentar mirando a la pared.

Uno de mis abuelos tenía un campo y crió a sus hijos con valores bastante machistas. A mi abuela le solía pegar. Cuando ella se separó de él, la dejó pasar necesidades (no existía derecho al divorcio).

Un bisabuelo mío fue parte de la Legión Patriótica. Salía armado a cazar anarquistas (como le llamaba a cualquiera que hablara de derechos de los trabajadores y de sindicatos). Abusó de su hija más chica. Su esposa lo sabía, pero lo calló.

Uno de mis tatarabuelos estuvo con Roca en la “campaña del desierto”. Masacró a hombres, mujeres y niños, y cuando podía violaba.

Un antepasado europeo capturaba africanos y los vendía en América como esclavos.

Un antepasado vikingo. Con su gente, asolaba aldeas. Asesinaba, violaba, saqueaba, esclavizaba.

Un antepasado verdugo de un señor feudal. Torturó y mató a muchos campesinos.

Un antepasado legionario romano. En sus campañas de conquista contra los “bárbaros” masacró clanes enteros.

Un antepasado rey en Asiria. Tuvo muchísimos hijos pues tenía derecho de pernada. Le gustaba cortarle la lengua a los mensajeros que le traían malas noticias.

Todo esto es inventado pero va a un punto. Todos tenemos 2 padres, 4 abuelos, 8 bisabuelos, 16 tatarabuelos… Cada generación que vamos para atrás la cantidad de gente que hizo posible nuestra existencia tiende a duplicarse (la endogamia reduce los números). Si voy 10 generaciones atrás, encuentro que unas mil personas contribuyeron a mi código genético. 20 generaciones atrás, el número de mis ancestros anda por el millón. 200 generaciones atrás, estaríamos hablando de un número que supera las sesenta cifras. Y 200 generaciones humanas no es mucho tiempo, son aproximadamente 6.000 años. Incluso teniendo en cuenta la endogamia, el número de mis ancestros es de millones y millones de personas.

Algunos pensamientos e inquietudes:

1) Si vamos lo suficientemente atrás, tenemos familias de millones de personas.

2) Solo los sobrevivientes procrean. Esta supervivencia no pocas veces se alcanzó mediante actos brutales y crueles.

3) Somos víctimas al mismo tiempo que beneficiarios de nuestros ancestros. Existimos gracias a lo que hicieron, pero también heredamos una sociedad que no decidimos.

4) Somos descendientes de personas que cometieron todas las atrocidades imaginables. Incluyendo a las violaciones que concibieron a muchos de nuestros antepasados. Tenemos tantas razones para enorgullecernos como para avergonzarnos.

5) Cada individuo es responsable de sus actos y de las consecuencias de esos actos. No somos responsables de lo que hicieron nuestros ancestros, aun si nos beneficiamos de ello. Pero ninguno de nosotros está por encima de esas atrocidades. Todos somos capaces de cometerlas. Creernos “limpios” o “inocentes” y construir un “ellos” donde se concentra todo el mal lleva a bajar la guardia ética sobre nuestras acciones.

Adopción sí, adopción no. Sobre la adopción por parte de parejas homosexuales

Por Micaela Hilgenberg.

10351741_10204377756274643_1100916553980287388_nPor mucho que lo piense, sigo sin encontrar argumento válido para la afirmación que todavía sostienen varias personas de que las parejas homosexuales no deberían adoptar, es más, que el hecho que lo hagan es algo inconcebible.

Uno de los argumentos que ponen en primer lugar es que atenta contra las normas establecidas. Lo que yo me pregunto es ¿quién impone esas reglas? ¿La religión católica, por ejemplo? Se supone que ésta se basa en la Biblia, en la que se afirman cosas como “si alguien tiene un hijo rebelde que no obedece ni escucha cuando lo corrigen, lo sacarán de la ciudad y todo el pueblo lo apedreará hasta que muera”. Por otra parte no toda la población está sujeta al culto católico, o siquiera a otra religión, y quienes no lo profesan ¿aún así deben seguir sus normas?

¿O las reglas las impone un mandato social? Acá basta con recordar sucesos como que hace doscientos años era totalmente normal e incluso prestigioso “poseer” esclavos. Estos eran ni más ni menos que seres humanos como cualquier otro que, por la única diferencia del color de piel, se los consideraba menos que animales con los su “amo” tenía el derecho de hacer lo que quisiera. También existe el hecho de que hasta hace algunas décadas la mujer no tenía ni voz ni voto -tanto en el sentido figurado como en el literal-, y estaba relegada al hogar, a ser madre, al mandato primero del padre y luego del marido. ¡Ay de ella, si no se casaba! A lo que apunto con esto es que los “mandatos sociales” ni están grabados en piedra ni son correctos por el solo hecho de existir. La sociedad se encuentra en continuo cambio.

Otros dicen que los niños necesitan un padre y una madre, como “ejemplos” en la crianza. ¿Cuántas madres, cuántos padres solteros o viudos criaron a sus hijos sin otra compañía que ellos mismos? ¿Cuántos ni siquiera volvieron a formar otra pareja o tampoco tenían otros familiares? Tendríamos una horda de niños con problemas, surgidos de esas familias con un solo sexo de “modelo”.

Que la familia la encabece un hombre y una mujer no garantiza la buena crianza y el cariño a un chico. En esa ecuación incluso pueden existir madres y padres golpeadores, abandónicos, alcohólicos o adictos, u otras cosas peores. Tampoco estoy afirmando que porque alguien sea homosexual está exento de esto o que será buen padre, sino que la norma heterosexual no es sinónimo de bienestar para el hijo.

Hay quienes se oponen a las familias formadas por una pareja homosexual porque consideran que sus hijos adoptivos también lo serán. En primer lugar, la mayoría de los gays y lesbianas del mundo crecieron en el seno de familias heterosexuales, lo que no impidió que su orientación sexual sea distinta a las de sus padres. En segundo lugar ¿qué habría de malo en que esos chicos “salgan” homosexuales? ¿Acaso es una enfermedad, una epidemia que hay que impedir que se propague? La homosexualidad no es contagiosa, es algo que se siente y que se elige, por tanto si ese niño criado por homosexuales termina siéndolo también, será por decisión propia.

“Si tiene dos papás o dos mamás lo van a molestar otros nenes”, una frase oída al pasar. En vez de condenar la adopción hay que educar, para que cosas como esa no ocurran, enseñar que existen distintos tipos de familia y no por eso una es mejor que otra, sólo diferentes. Los chicos reproducen lo que ven, si quienes se encargan de su crianza y educación ponen el ejemplo y no demonizan estos casos, ellos no verán nada extraño. Incluso lo asimilarán mucho mejor que aquellos que ya vivieron más años y seguramente lo naturalicen como si siempre hubiese sido así.

Un niño, en vez de en un orfanato, solo y olvidado, siempre estará mejor con aquellos que al fin y al cabo no son más que dos personas que se aman y que desean dar amor a otro pequeño ser que lo necesita, siempre y cuando tengan la capacidad de brindarle el bienestar necesario para su crianza. Por eso celebro que junto al matrimonio igualitario se les haya abierto simultáneamente la posibilidad a esos nuevos matrimonios a adoptar como tales, una pareja.

No conozco a Galeano, Ni a Kahlo y tampoco a Spinetta.

Por Adrian Nicolas.

Soy aquella mina que vos llamas “puta” y me queres violar con tus miradas y palabras lascivas. Soy aquel que su madre un dia hacia malabares y nos daba de comer a mi y mis cuatros hermanos, al otro dia a mi , mis cuatro hermanos y tres amiguitos, para el decimo mi viejo había armado unos tablones y éramos como 30 hermanos comiendo sopa aguada, pan duro que un vecino mangueaba de la panadería y si había suerte polenta con tuco. Soy aquel fantasma que oís tocar en el subte o hacer malabares, también aquel pibe con pantalones harapientos que te pone irreverentemente una tarjetita en la mesa del bar y te agradece le des o no una moneda. Soy aquel docente que cuando en el 2002 quisieron cerrar las copas de leche en las escuelas de la provincia, corte el cruce Varela, tome la municipalidad de la Matanza y me enfrente a la policía en La plata.

Soy el hijo de aquel albañil que de pronto se convirtió en dibujante y en profesor de particular, cuando en el centro de dia al que asisto el gobierno de la ciudad echo o no renovó los contratos de los profesores. Soy aquella trabajadora sexual de la ruta dos a la que se me reconoce el género, pero igual no me dan laburo. Soy aquella piba que no quería ser mama a los 14 años y termine desangrada en el campito al lado de la casa de la matrona. Soy el exiliado y también soy el refugiado. Mi familia es inmigrante, piel canela, manos con callos, ropa alegre y una sonrisa que te muestra todos los dientes que le faltan. Soy a el pibe que la yuta la disparo por la espalda, el piquetero del puente Pueyrredon en busca de dignidad, el estudiante que toma la escuela por la educación de calidad. Soy la que abanderaste por que supe defender a los que venían del barro y tenían callos en los pies.

Soy del que se acuerdan las Ong cuando aparezco en el diario porque algún avispado fotógrafo me impuso en tu subconsciente, pero no estoy a la moda, porque a la moda están otros. Soy el que decide ser musulmán, católico o judío y se me denigra por eso. Soy el guacho que usa visera no gorra, aquel que le dieron un arma después de 6 meses y le dijeron que tenia que proteger al otro, pero solo si este fuera visible. Soy amigo del pibe que iba en bici hasta el comedor de la escuela a dar una mano y lo fusilaron, el trabajador que puteaste por que corta panamericana para tratar de no perder el laburo. El que no le sacan ganancias pero recibe su “plan”, el que tanta bronca te da. Al que linchaste y por el que te indignaste con el gobierno cuando fui primera plana.

Soy el que no conoce a Eduardo, ni leyó su libro de los abrazos, pero sabe de esos abrazos por que los doy y deseo recibirlos. Soy aquel que no conoce la obra de Frida, pero entiende mejor que el crítico de arte que es tener alas para volar, porque mis “patas” ya no dan mas de caminar. Yo soy la que nunca escucho a Luis Alberto, pero tengo corazón de tiza y lo he esparcido en tu cama y muchas mas siempre con los pies descalzos para ir ligera y que no me puedas alcanzar.

Tengo nombre y apellido, me encuentro en el reflejo del vidrio del bondi, o en el espejo, encontrame porque yo soy vos y te estoy esperando hace rato, para que me des un abrazo, me dibujes alas o me cantes algo.

El amor brujo de Arlt

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Por Nico Nicora.

En 1932 Argentina conoció “El amor brujo” de Roberto Arlt. Esta novela encabeza la lista de las obras más resonante del autor hijo de inmigrantes europeos. Sus compañeras son “Los siete locos” (1929), “Los lanzallamas” (1931) y la colección de cuentos “El jorobadito” (1933). Todos estos escritos comparten la angustia, la humillación y la hipocresía de la sociedad burguesa en su desarrollo.1

También en 1932 se estrenó la primera incursión del autor en el mundo teatral. La obra se llama “Trecientos millones” y narra sobre una sirvienta heredera de tal suma. Arlt se inspiró para realizar esta obra en un hecho ocurrido cinco años atrás, cuando él era reportero del Diario Crítica, que involucraba el suicidio de una sirvienta en las vías del tren a las cinco de la madrugada.

“El amor brujo” se nutre tanto del género teatral como del novelesco. Conforme la historia avanza, el autor deja ver una entremezcla de géneros principalmente en los diálogos. La novela narra el romance entre el ingeniero Estanislao Balder de 30 años con Irene Loayza, una joven de familia de clase media con 19 años, residente en Tigre.2 Cuando Arlt desarrolla la situación en que el ingeniero que le cuenta a su mujer sobre los sentimientos hacia Irene, utiliza una técnica característica del teatro escrito: coloca antes de lo dicho, el nombre del personaje que interviene en mayúscula y una tipografía distinta a la del resto del diálogo.

Al comienzo del mismo párrafo, el título del capítulo nos ubica en tiempo y la siguiente oración en espacio, tal como si se tratara de un guion teatral:

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Según Mariangel Di Meglio en “El amor brujo de Roberto Arlt: diagnósticos y avances de una realidad diferente”,3 el trabajo con la materialidad de la palabra cobra mucha importancia al punto tal que los planos de la narración de erigen como protagonistas de la novela. La polifonía y la yuxtaposición de géneros discursivos menores dentro del género mayor “novela” recaen todos en una mirada que los aglutina y sistematiza: la del narrador periodista que a su vez se proyecta en múltiples planos y que no permite establecer claramente quién es el portador de la palabra franqueando los límites de la misma.

Pero bien… ¿es “El amor brujo” una transición del autor entre novela y teatro? No se puede afirmar con certeza, pero el “Arlt teatral” aparece recién en esta novela y no en anteriores. Como ya se mencionó, no solo figura el lenguaje teatral en los diálogos, sino también en la descripción que hace de los escenarios: escoge un recorte autoritario y caprichoso de la imagen en la que se desenvuelve el protagonista y la describe muy detalladamente.4 Esto no nos deja mucho margen de imaginación, al contrario, nos sitúa de manera específica como espectadores de la obra.5

Según el ensayista Spyridon Mavridis, “la década de los treinta representa un cambio en su proyecto artístico-intelectual y da inicio a la búsqueda teatral. […] Parece que el “Arlt dramaturgo” estuvo esperando ansiosamente para el momento de su inserción en la escena teatral y estuvo gestándose para este propósito en las otras formas narrativas que desarrolló, explorando los límites y las perspectivas de lo teatral. […] Arlt balancea en un constante desequilibrio entre realidad y fantasía, cotidianidad y ensoñación, deseo y frustración, mientras el desarrollo argumental opera siempre en un doble plano: el de la miserable realidad de los personajes y la realidad soñada que estos fabrican, conscientes que no es más que la mera prolongación de sus deseos y frustraciones”6, evidente en las actitudes de Balder, el personaje principal.

“La dramaturgia de Roberto Arlt insiste en los temas ya desarrollados y consagrados en sus cuentos y novelas, creando una galería de perdedores que tratan de sobrevivir ante las continuas hostilidades de una realidad implacable con los más débiles”, escribió José Manuel Camacho Delgado, profesor titular de literatura española en la Universidad de Sevilla.7

Arlt no sólo mezcló los géneros literarios en su reconocido escrito sino también dotó de teatralidad pura a sus descripciones de los escenarios y de los personajes. La vida de Estanislao Balder cuenta con todas estas características que Mavridis enumeró, pero principalmente, presenta la relación de deseo y frustración: está enamorado de una mujer mucho menor que él, sabe que cuando la gente se entere de eso muchos “no los entenderán” pero aun así quiere estar con ella y soporta a su familia. Por otro lado, quiere “que ella se entregue a él” pero Irene aún es virgen por lo que su moral y su deseo sexual están en constante lucha.

Esto colabora a resolver el enigma de si “El amor brujo” es una mezcla de género, o si es novela pura. Si bien en la década del ’30, Arlt se vio inmerso en el mundo teatral, su obra mantuvo la ironía de “Aguafuertes porteñas”, el realismo de “Los siete locos” y su toque característico presente en cada obra: la hipocresía de la sociedad burguesa.

1- Biografías y vida: Roberto Arlt http://www.biografiasyvidas.com/biografia/a/arlt.htm

2- https://es.wikipedia.org/wiki/El_amor_brujo_(novela)

3- https://pendientedemigracion.ucm.es/info/especulo/numero30/ambrujo.html

4- SONTAG, S: “Sobre la fotografía” Cap. 13 “En la caverna de Platón” Ed. Alfaguara – México 2006

5- MASOTA, Ó en “Roberto Arlt: fundador del teatro independiente” MAVRIDIS, S – Universidad de Salamanca https://pendientedemigracion.ucm.es/info/especulo/numero33/teatarlt.html

6- “Roberto Arlt: fundador del teatro independiente” MAVRIDIS, S – Universidad de Salamanca

7- CAMACHO DELGADO, J en “Roberto Arlt: fundador del teatro independiente” MAVRIDIS, S – Universidad de Salamanca

Juguetes de plomo

Los hechos de esta historia me fueron narrados personalmente por mi hermano mayor, Carlos, a quien cambié el nombre por Ramiro.

Por Rober Mur

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Ramiro se había encontrado con Nadia de casualidad en Cinema, un boliche del centro de Quilmes que cerraría tres años después. Desde hacía un tiempo, ambos se tenían ganas, y el encuentro fue ideal para volver al barrio a pasar la noche juntos. Ramiro y Nadia se fueron de la disco y empezaron a caminar en dirección a Berazategui cuando un tipo de unos treinta años con buzo canguro gris se les acercó y les mostró un calibre treintaiocho empuñado bajo la ropa. Ramiro y Nadia desviaron el rumbo encañonados por el flaco, hacia la villa quilmeña Los Álamos.
Ramiro intentaba calmar al punga que venía escapando de una mala jugada y buscaba la manera más rápida de “rescatar la noche”. Nadia sollozaba sin emitir ruido, aferrada a los brazos de Ramiro. El treintaiocho relucía en la noche quilmeña como una estrella a punto de explotar, como un gato negro en los techos de chapa del infierno.
Caminaron unas veinte cuadras hasta llegar a Ezpeleta, entre las calles angostas que conducen a Avenida La Plata, donde el asflato y el barro se mezclan a cada cuadra, los perros merodean entre las bolsas de basura y van desparramando por las veredas restos de comida y pañales con mierda de bebé.
Durante el trayecto, Nadia se quitó los zapatos de taco alto que usaba para poder caminar con mayor facilidad entre los yuyos y la tierra. El ladrón no mostraba signos de tener un plan concreto y continuó la marcha de manera errática, por momentos recorriendo las mismas calles varias veces. Ramiro insistía, en vano, para que los dejara ir. Pero el flaco de la pistola le repetía una y otra vez: “callate la boca, polaco”. El matón empuñaba con fuerza el treintaiocho, alternando entre la espalda de Nadia y la nuca de Ramiro.

Cuando yo tenía ocho años, mi hermano Carlos solía contarme sobre lo fácil que era tener un arma en la mano. Me relataba sobre los compañeros del polimodal -ese invento decadente de la escolarización menemista- que iban enchumbados a la escuela, cargando los fierros en la mochila de Viejas Locas o 2 Minutos como si fuesen cartucheras llenas de pólvora.
Cada dos por tres, algún perejil quería fajar a Carlos por un drama de polleras o tan solo para tener de punto a algún rubiecito medio pelo como mi hermano. Con el pecho inflado, Carlos sabía que en los salones del Tristán Achával o en las veredas de Berazategui era intocable gracias al amparo de los amigos y sus juguetes de plomo. “Si ese salame te quiere pegar, quedate tranquilo que yo tengo ésta”, le decían los pibes a mi hermano mientras limpiaban los fierros con servilletas de papel viejas.
Durante la agonía de los noventa, en los arrabales berazateguenses de Villa Mitre o “el Mosconi”, era más fácil pegar un revólver desvencijado que obtener el título secundario.

Ramiro y Nadia continuaban su paso en la noche encañonados por el punga. Por la calle pasaban algunos autos con música alta de Damas Gratis, que por entonces apenas era “el grupito ese que canta la canción de la tanga” y Pablo Lescano, hoy celebrado por toda la crema farandulera, era un muerto de hambre con un teclado al hombro. Los coches bordeaban los cuerpos de los tres caminantes y se perdían entre las calles en dirección al centro de Quilmes o a algún telo de la Avenida Calchaquí. Si algún auto se hubiera detenido a preguntar una dirección o a comprar puchos en un kiosco, quizás Ramiro y Nadia hubieran podido gritar por ayuda. Quizás hubiera sido otra la historia. Quizás el Conurbano hubiera sido otro. Pero tuvo que ser así.
Pasaron por una estación de servicio, dos remiserías, y dos parrillas al paso, de esas que estaban improvisadas en casillas y que podían permanecer toda la noche abiertas vendiéndole choripanes a dos pesos a las travestis. El punga balbuceaba direcciones de calles, intentaba recordar nombres, puteaba y volvía a callarse. Cada tres cuadras repetía la escena. Ramiro y Nadia caminaban en un silencio nocturno sólo interrumpido por el ruido de los primeros trenes de la madrugada, proveniente desde algunas cuadras de distancia.
—Caminen derechito y no se hagan los vivos. En un rato me encuentro con un compañero acá a un par de cuadras y hacemos la secuencia.- Frenaron el paso en un terreno baldío y esperaron quince minutos al supuesto contacto, sin éxito. Repitieron la situación en vano en una canchita de fútbol y un rancho abandonado. El supuesto ayudante nunca se presentó.
Luego de llegar al corazón Ezpeleta a metros de la Avenida Valentín Vergara, en algún punto entre Los Álamos y Florencio Varela, la caminata se detuvo.
—Sacate todo, polaco.
A punta de revolver, Ramiro se sacó el pantalón, la campera y la camisa que tenía puesta, que luego el ladrón revoleó hacia la calle y los canastos de basura. Al instante, le vendó los ojos a Ramiro con una bufanda de Nadia. Ramiro se quedó parado en el frío como un condenado esperando la ejecución. Pero los planes, en realidad, eran para Nadia.
—Vos, flaca, vení para acá.
Nadia miró al ladrón y, con cautela, intentó disuadir al tipo para que los dejase ir de una vez.
—Dale, no te hagas la boluda; dale, porque lo mato al polaquito.

Al caminar por el barrio, era normal escuchar de refilón los rumores sobre lo jodido que se estaba tornando andar de noche solo, a pie o en bicicleta. Los viejos malucos que se habían convertido en semi-héroes en nuestra infancia, habían devenido en pibes que, en sus trece o catorce años, ya habían largado el colegio y se habían decidido a curtir la pesada, gracias al amparo de un nuevo y extraño fantasma que, en la jerga de los hampones, tenía nombre propio: paco.
Cuando viajábamos en tren, mi hermano Carlos me mostraba con disimulo cómo la pasta base se escurría entre esos guachines con cara de anciano que paraban en los furgones del Roca, o bajo las escalinatas de los andenes. Se metía en los cuerpos de los pibes y, con mucha atención, podías ver cómo ese veneno de alacrán urbano los transformaba de niños en pequeñas hienas carroñeras. Todo pasaba bajo el sol gordo de principios del 2001, cuando no había ni presidente, ni políticos, ni leyes. Creo que, recordando con delicadeza, todo ese año entero no fue más que un domingo de verano caluroso, tirado en las escalinatas de la estación de tren, esperando a que pase algo.

El punga desapareció entre la sombra de los árboles. Mientras Nadia lloraba desconsolada, Ramiro corrió a ponerse la ropa a duras penas. Abrazó a Nadia y con la campera comenzó a limpiar los restos de semen que le corrían por la cara. Los pies de la chica estaban llenos de rasguños y mugre de caminar sin zapatos por cuadras interminables de tierra y basura. Los perros miraban desde lejos. En la noche quilmeña sólo había silencio. Silencio y, únicamente interrumpido por el murmurar lejano del paso del tren.

—No, en serio, no quiero.
—Si acá no está tu hermano, gil.
La escena siempre era la misma. Diego era mi mejor amigo de la escuela. El tío era un malevo veterano del “La Primavera”, el barrio contiguo al mío, el cual representaba el principio del fin de las zonas de clase media y empezaban las calles de tierra y los aguantaderos de paraguayos y linyeras. El tío de Diego le había regalado un calibre veintidós con el gatillo falseado. Apenas servía para usar de martillo o, en este caso, como juguete para los pendejos.
Diego apuntaba contra las paredes de ladrillo hueco de la medianera, a los perros callejeros y a las nubes grises de zona sur. Con la boca imitaba el ruido de un balazo y jugaba a matar polis. Diego vivía a tres cuadras de mi casa, pero la calle 138 separaba nuestros barrios, nuestras realidades y nuestras vidas. Mientras mis vecinos hacían fila detrás de las promesas primermundistas del menemismo, Diego enterraba su infancia en calles de tierra entre yuyos y basura.
—Dale, cagón, no pasa nada.
Fue la primera y última vez que tuve un arma en la mano. Esa pesadez fría y rotunda, como un gato muerto o un ladrillo viejo, no dejo de recordarla cada vez que pienso en los veranos malditos de mi infancia. Cada vez que pienso en Ramiro y Nadia saliendo de Cinema para volver al barrio.
Diego era gritón y agresivo; cargaba ese porte de adulto en miniatura que había aprendido a golpazos en la calle. Pero en el fondo de su mirada aún brillaba el recuerdo de un pibe que alguna vez había sido igual a mí. Durante años, Diego nunca dejó de escaparse de la casa para ir a buscarme a mi puerta para salir a jugar. Pasó mucho tiempo hasta que, finalmente, me preguntara a mí mismo “qué será de la vida de Diego”. Hasta el día de hoy lo pienso.

Ataraxone: la pequeña caja.

1791513547Por Flor KumKum

En el prospecto se leía: – Indicaciones: […] Alivio sintomático de la ansiedad y la tensión asociada con pisconeurosis. Adyuvante en enfermedades orgánicas en las que se manifieste ansiedad. Premedicación de la anestesia general. Leyó nuevamente la pequeña caja en sus manos: Ataraxone. Pensó en lo irónico de la situación. Para sus trastornos de ansiedad le estaban recetando algo así como Ataraxia en forma de comprimidos de 10 mg. Ataraxia: Tranquilidad de ánimo o imperturbabilidad del espíritu por la ausencia de penas y temores.

Su siguiente pensamiento fue que era increíble cómo el ser humano en su arrogancia, cree que puede compactar horas y horas de charlas y cafés que se requieren para resolver un problema, procesarlo saltándose todo ese tiempo y venderlo como una pastilla más pequeña que su dedo meñique, que ya de por sí es bastante más pequeño que los de otras personas que conoce. Así de simple, inventaron una pastillita que anestesie la angustia y las preguntas inmensas que trae esto de no saber lidiar con la incertidumbre a cada minuto que se respira.

Ahora, años después, ya perdió la cuenta de todas las veces que mandó bien a la mierda a esa pastillita. Al fin de cuentas, es como dice esa canción de Árbol que escuchábamos de pendejos, vos no te duermas que despierto no te pueden confundir.

Crónica corta de la película del Indio en el Luna Park

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Por Damián Mereles

Los Redondos son -y tal vez lo sean por siempre- la banda más importante y compleja de Rock Argentino. Tal vez por eso también no sea fácil ejercer juicios sobre ella. Por más que hace más de trece años que la banda no existe, el público “ricotero” sigue siendo fiel a la mística, al ritual y a todo lo que rodea el espíritu de banda, encolumnados detrás de un Indio Solari de sesentayseis años y con un solo lema “vamo lo redó”.

El miércoles diecinueve de agosto me dormí a las 3am y me desperté a las 11am, me lavé la cara, agarré la Sube, mis llaves y la entrada y salí a tomar el bondi que me deja en la estación de Sourigues y esperé el tren, mientras me sacaba las últimas lagañas de los ojos, mientras reflexionaba un poco con el sol en la cara y sin un mango para comprar una Sweppes o una latita de Brahma. El tren vino y de un momento a otro yo ya estaba en Berazategui, esperando a unos amigos. Ninguna fuma, por lo tanto el bondi tardó un poco más en venir. Subimos, viajamos, bajamos y cruzamos la calle dos veces hasta llegar al Luna Park. En la esquina, Juli y Santi se compraron un paty con jamón, queso y huevo frito. En la inmediaciones empezamos a ver una horda inmensa de “ricoteros”. Fumando porro y tomando vino a las dos de la tarde, previando. No supimos por qué puerta entrar, hasta que nos dirigí hasta donde me pareció ver una fila para entrar. Entramos. Nunca había ido al Luna Park, pensaba que era mucho más grande, pero igual me gustó. Hacía calor y de a poco se fue llenando hasta quedar repleto. Fui pensando que se trataba de una película tradicional sobre una banda, una especie de documental. Todos coreaban “soy redondo, hasta que me muera” y en eso me acerco a Juli y le digo al oído:

– Che, supongo que cuando arranque la película se van a callar ¿No?
– Jaja, boludo, creo que no entendiste de que se trata, es un recital.
– ¿Un recital?
– Si, boludo, es de la gira presentación de Porco Rex
– No te puedo creer, es el disco que menos me gusta

Y así fue que me dí cuenta de que había pagado cientocincuenta pesos para ir a ver un video de un recital del peor disco del Indio Solari. Eso sí, en alta definición.

La lista de temas incluyó canciones de Porco Rex y algunos “hits” como Ñam Fri Frufi Fali Fru, Un ángel para tu soledad y el tan sobreestimado JiJiJi.El registro audiovisual tuvo un punto muy emotivo en Juguetes perdidos y lo mejor, a mi parecer, fue “Pabellón Séptimo” que se trata de una canción en la que se relata el motín de los colchones (1978) donde el servicio penintenciario de la unidad 2 de Villa Devoto asesinó a casi cien personas que estaban allí privados de su libertad. Antes de cantar dijo una palabras acerca de las condiciones inhumanas en las que viven quienes habitan las cárceles.

Juli dice que el fenómeno de “Los redondos” es tan grande que resulta un significante vacío que la gente va llenando como quiere, por eso de alguna forma todos nos sentimos interpelados y resignificamos la obra poética del Indio Solari. Este análisis tal vez peque de intelectualoide, pero a mi parecer es casi irrefutable.

La Inacción

Por Julian Rafflesia

¿Qué es una “inacción”? en este momento me parece que es tantas cosas que no puedo escribir ninguna. El que sea una “cosa”, un sustantivo común, la convierte en algo contradictorio: Es, pero a la vez es en el no-ser de otra cosa, en la no-existencia o no-realización de la acción que, en la unidad de sentido en que sucede (no-sucede) y por la que se la nombra, debería o podría ser.

Entonces, la inacción está cuando hay caminos que no se toman, cosas que no se hacen, estados que no se transforman. Podría decirse que estamos rodeados de inacciones, pero podría decirse lo mismo de las acciones; podría decirse que son la misma cosa, o que todas las cosas contienen a la vez acciones e inacciones, o que todo está en estado constante de acción e inacción simultáneamente. Pero la inacción toma entidad cuando molesta.

Se vuelve insoslayable, omnipresente, nos satura los sentidos y el pensamiento cuando, tras haberle dado lugar (digamos así para no caer en la paradoja de decir que la “hicimos”) nos encontramos disconformes con el estado que se mantiene, que no pudimos o elegimos cambiar. ¿Pudimos o elegimos? Para elegir (o no) hay que contar con posibilidades, hay que “poder- varias cosas”, por así decirlo; en cambio, cuando algo no se puede, inevitablemente se nos vuelve el centro de atención, esa imposibilidad toma un protagonismo excluyente en esta otra unidad de sentido que es la voluntad no-realizada.

De todos modos, en estos casos no nace de nosotros esa inacción, por lo que no es interesante para este abordaje; cabe la resignación. Ahora bien, ¿qué nos pasa cuando es frente a la existencia de posibilidades que sucede la inacción? ¿En qué consiste, cuál es la finalidad del proceso mental que nos hace no-tomar ningún camino, no-realizar ninguna de las posibilidades que tenemos frente a una situación en la que nos vemos involucrados o afectados? Lejos de poder formular una posible respuesta a esta cuestión, repaso mi experiencia, de forma meramente recreativa.

Me encuentro recordando con alarmante frecuencia las frases que luego de no haber dicho deconstruí y perfeccioné, seleccionando meticulosamente las palabras más elocuentes y efectivas que como átomos precisos conformarían unas implacables enzimas discursivas, catalizadoras de unas reacciones exquisitas, salvadoras y/o revolucionarias; recuerdos que me habitan con mucha más contundencia que los balbuceos idiotas dignos de un espectador pasivo distraído que fue increpado por la súbita urgencia de dar una opinión pero que está seguro de que aquello por lo que se le consulta le chupa un huevo, que suelen adelantarse a las reacciones comprometidas y verdaderamente utilitarias que sería pertinente que tuviera.

O las sonrisas que no arman mis músculos faciales, que podían haber demostrado mis más genuinos intereses de intercambio de bienestar, y que sin correr ningún tipo de riesgo para mi patrimonio espiritomaterial, pudieron haberse convertido en puertas a mundos nuevos; inevitablemente la expresión de suave desagrado propia de quien es observado en silencio, sin importar la cantidad de hermosura que contenga el rostro del observador o la tipología de la relación trunca que éste imagina, es mucho más perenne que la mueca de bienvenida imaginada, que no pasa de la contemplación artificial y lastimosamente efímera y vacía de una satisfacción que no fue.

Estas inacciones nos molestan a la distancia, con delay, cuando nos las hemos permitido en sucesos o interacciones que fueron espontáneas y que ya tuvimos posibilidad de revisar o reformular. Pero también podemos caer en cuenta de la inacción en el momento en que estamos dejándola existir: en el preciso (precioso) momento en que está frente a nosotros una puerta para la llave que sostenemos, un oído para la palabra que contiene nuestra boca, o una oscuridad que podemos iluminar con nuestro fuego.

En estos casos, esa acción que no estamos haciendo ser se nos puede aparecer personificada, llena de la urgencia del que sabe que puede hacer bien y no lo dejan; con una creciente desesperación que la va llevando a increparnos con más y más violencia, hasta terminar sacudiéndonos de los pelos al grito de “DALEDALEDALE”, pone nuestra estupidez contra el paredón de fusilamiento, y (en el más deseable de los casos) la ejecuta sin piedad, catapultándonos al milagro final (o inicial) de la acción. En el día de hoy, algunas inacciones me hicieron víctima de los estériles y perturbadores recuerdos ficcionales de realidades que podían haber sido; más tarde la reflexión, no sobre estas memorias inventadas sino sobre sus características perversas, me llevaron a considerar éste escrito, pero finalmente fue la maravillosa acción de la inacción-desesperada-por-ser la que me hizo empezar a hablar. Lo agradezco, y espero haber sumado mi pequeño ataque contra el peligrosísimo silencio al que nos han obligado a acostumbrarnos.

Dejando sacralidades de lado, creo que las exinacciones deberían ser alabadas y destacadas como milagros de la mente: lo más parecido a una intervención divina.